Leer y enseñar a leer

La lectura es el eje central de todo nuestro sistema de comunicación.

En estos tiempos tan altamente “tecnologizados” pareciera que la lectura ha pasado a un segundo plano, sin embargo es el eje central de todo nuestro sistema de comunicaciones.

Hablamos de lectura, no de libros, el libro quizá esté condenado a la desaparición o al reducto del coleccionismo y la nostalgia, todavía no lo sabemos, pero sí sabemos que nuestras nuevas formas de comunicación implican que los lectores sean competentes.

La función formativa de la escuela tiene tres ejes fundamentales en la formación de lectores, la capacidad de comprender aquello que leen, la discriminación de la información en un momento de sobresaturación de documentación y, por supuesto, el disfrute con la lectura como fuente de esparcimiento recreativo.

La comprensión lectora se trabaja profundamente desde el área de lengua de manera específica y transversalmente desde cualquiera de las áreas del conocimiento, sería imposible solucionar un problema matemático sin que se comprenda el enunciado, igual que sintetizar un tema de historia o discernir una fórmula química. Durante toda la escolaridad se realizan multitud de ejercicios enfocados a la mejora de la comprensión lectora, básica en la trayectoria de los estudiantes.

La fuentes de información hoy en día son superabundantes, pero se está perdiendo el concepto de autoridad en una determinada materia, cualquiera puede compartir sus conocimientos y es difícil de contrastar, forma parte de nuestra tarea docente el insistir acerca de este problema, el dilucidar qué fuentes son válidas o no, es complejo, la formación de los nuevos usuarios irá enfocada hacia la lectura de múltiples documentos y la elaboración de la información a partir de ellos.

Pero la mayor preocupación de padres y docentes está enfocada hacia la lectura ociosa, disfrutada. Es difícil formar a alguien en lo que debe gustarle o no, a veces caemos en la trampa de insistir y obligar porque consideramos que es la mejor manera de que se entretenga. Otras castigamos un comportamiento y, tras vetarle algo (generalmente la televisión o la videoconsola) le recomendamos que pase el rato… haciendo algo… por ejemplo… leer.

La lectura recreativa es una actividad propia del ocio de una persona, define la Real Academia el ocio como tiempo libre de una persona. Por lo tanto la obligatoriedad no debería estar asociada con la lectura, nuestros esfuerzos deberán centrarse en primer lugar en conseguir que el niño no rechace el libro y sobre todo, tal y como afirma Pennac, conseguir que no se sienta rechazado por el libro. Creo que el comienzo se consigue vinculando la lectura con el área afectiva, si la lectura se produce en un momento que el niño recuerda como el de intimidad y ternura, o si la lectura se hace de manera muy lúdica y la risa aparece, será vista como una buena compañera de viaje, de vida, porque la lectura compartida en un ambiente amoroso dará seguridad al lector que en el futuro lo hará, generalmente, en una soledad dulce y elegida.

Tampoco nos tenemos que escandalizar si pasan un periodo de sequía, en ocasiones nos descubrimos a nosotros mismos con las letras bajas y otras veces devoramos todo aquello que tenga texto.

Otro de los grandes problemas de ese tipo de lectura es la imposición de lecturas, solemos pecar en la creencia de la narrativa como la lectura más apropiada cuando, en realidad, no solo hay lectura literaria y dentro de ésta hay distintos géneros.

Ir en familia a la biblioteca o a la librería y ver hacia dónde se decantan sus gustos, mostrarles aquello que nos interesa a nosotros, seleccionar juntos, es una buena actividad para incentivar la lectura.

Para concluir voy a recomendar una lectura que considero imprescindible y fundamental en la inspiración de este humilde escrito, Como una novela, de Daniel Pennac.

 

Ana Cadórniga, Bibliotecaria

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