Las emociones básicas en la infancia

Las emociones determinan el comportamiento y la capacidad de aprendizaje, de ahí la importancia de su conocimiento.

“Para que seamos capaces de crear nuestra propia felicidad,

Es necesario que aprendamos a integrar en el

desarrollo psicológico el conocimiento de las emociones.”

(Emocionario, 2014)

 

Los seres humanos nacemos con unas predisposiciones innatas perceptivas, motoras y cognitivas del mismo modo que nacemos con ciertas habilidades sociales básicas, que nos permiten responder a los eventos más significativos y trascendentales del crecimiento y desarrollo humano. Las emociones básicas forman parte de este bagaje con que nos han legado nuestros antepasados más lejanos.

Las emociones determinan el comportamiento y la capacidad de aprendizaje. Una adecuada Educación Emocional propicia el bienestar, la salud de la persona y previene las dificultades en el desarrollo madurativo afianzando la formación de una personalidad estable. Trabajar los sentimientos y emociones dentro del aula de educación infantil hace mejorar la autoconciencia y la confianza de los alumnos y aumenta la empatía y la colaboración entre ellos.

Las emociones infantiles son mucho más ricas de lo que los niños son capaces de expresar. El niño es capaz de reconocer emociones positivas o negativas desde los primeros meses de vida y saben discriminar las emociones antes de ser capaces de nombrarlas.

Las emociones básicas en la etapa infantil son: alegría, tristeza, ira (enfado) y miedo. Ninguna de estas emociones es mala. Todas, absolutamente todas, son necesarias:

La alegría. Todos los docentes queremos que nuestros alumnos se sientan felices. Pero debemos entender que es imposible que siempre sea así, ya que la felicidad está formada por grandes momentos de alegría pero por pequeños instantes de ira, miedo, tristeza y asco también. Porque alegría también necesita del resto para continuar su camino.

Sin la tristeza no podría existir la alegría. Ambas son complementarias. ¿Cómo íbamos a saber lo maravillosa que es la risa si nunca lloramos? La tristeza a menudo nos hace reflexionar y ahondar más en nuestros sentimientos. Pero cuidado: la tristeza también puede llevar al niño a perder ilusión. Por eso, siempre, tras un momento de tristeza, debemos intentar que vuelva a aparecer la alegría.

Cuando la ira se deja llevar y explota, no existe el razonamiento. Pero es necesaria. Es normal que aparezca esta emoción en nuestros alumnos cuando a algún compañero le han pegado, o cuando se han aprovechado de él. Es en cierta forma, un arma de defensa, una forma de entender ‘esto no me gusta’, ‘esto me enfada’ o ‘no quiero sentirme así’. Y en ese momento la ira pone en marcha un mecanismo para pensar cómo defenderse ante todo eso que le provoca enfado.

Si un niño no tuviera miedo de nada, éste  pondría en riesgo su vida constantemente. El niño tiene miedo a caerse, miedo a tropezar, pero también tiene miedo a no ser capaz de lograr lo que se propone. El miedo hace que el niño se marque retos y que luche por superarlos. Que aprenda. Y, por qué no, que se sienta invencible. Pero es un arma de doble filo: el miedo también le puede bloquear e incluso, conducir al pánico. Es el máximo nivel de alerta de nuestro cuerpo: si enseñamos a nuestros alumnos a utilizar el miedo para crecer, será un arma poderosa para ellos.

En definitiva, es importante encauzar las emociones de los pequeños para llegar a un autocontrol emocional acompañado de inteligencia y vinculado a valores sociales y morales. Los niños necesitan unas bases mínimas para sentirse seguros de sí mismos; una adecuada educación que  fomente su inteligencia emocional les permitirá canalizar esas emociones en estado puro, reelaborarlas y mostrarlas a los demás.

Lydia Cuadrado, Coordinadora de Educación Infantil

Compartir